Espantapájaros

 Colocamos un búho en el centro del patio. Lo pusimos en lo alto de un cuarto que usábamos de trastero, sobre unas tejas a las que permaneció unido con firmeza. A su alrededor quisimos que los pájaros dejaran de posarse en nuestros árboles y, especialmente, en nuestro querido naranjo, al que teníamos en tan alta estima. El búho era un espantapájaros de plástico, pero yo lo presentaba como si fuera de verdad. Era gris, con pinceladas amarillentas en las alas y unos ojos que me miraban allá donde fuera. Por ese motivo, supe que estaba vivo. A todo el que me visitaba, le decía « ¡Cuidado con ese, mira y siente!» Y todos salían creyendo que estaba loco.

Un día nuestra abuela cayó enferma y, al sentarme bajo el naranjo, me percaté de que el búho ya no me miraba. Él sabía algo. Era evidente. «¿Qué ocurre buhito?», le pregunté con tristeza. Pero su cabeza ya no giraba para verme y sus ojos apuntaban en una dirección diferente. «¡Habla, diabólico!», grité. Sus pestañas se cerraron dos veces. A la mañana siguiente, una devastadora noticia nos despertó. Ella murió y el buhito volvió a verme. «¿Qué has hecho buhito? ¿Por qué ahora vuelves?» 

Durante la tarde, llamé a un amigo librero. Su manejo en temas esotéricos me hizo decantarme por preguntarle sobre aquel ser.

—¿Qué es? —le pregunté, temeroso de su respuesta.

Lo miró con miedo.

—¡El demonio, inconsciente! —gritó —¿Quién si no espantaría a las alas de ángeles y canarios silvestres?





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