El Ojo Bueno
Cada vez me costaba más respirar. La espada me apretaba contra la pared, y pensé que no tardaría en sangrar. Me caían las gotas de sudor de la frente. Las manos me temblaban. Sentía escalofríos. No tenía escapatoria. Iba a morir, me dije. Cerré los ojos, dándome por vencido. Ya no vería de nuevo los pájaros ni el verde de las praderas de mi pueblo. En un último acto de rebelión, abrí levemente el ojo derecho. Era el que menos dioptrías tenía. Sería con el que mejor podría ver por última vez. Mire hacia abajo, y observé, para mi sorpresa, las patas de mi perro oprimiéndome la barriga. Estoy a salvo, pensé. Quería que jugara con él.


