Bajo el Fuego que Atrajo la Palma
En las Islas Canarias, durante la Guerra de los Ochenta Años, arribó a Las Palmas, capital de la isla de Gran Canaria, una numerosa flota de barcos holandeses que buscaba conquistar el archipiélago. Conocida es la fuerza con que el espíritu luchador de los isleños combatió al enemigo venido desde tan lejos. Simples comerciantes y agricultores abandonaron los campos y despachos de la ciudad para transformarse en valientes militares sin haberse formado como tal y encajar dignamente en la jerarquía castrense, dentro de la cual cumplieron con honor las directrices de los capitanes y demás altos rangos de la época.
En aquel año de 1599, yo me había unido a los Tercios desde hacía dos años y pude deducir con facilidad lo que un desembarco de tan gran envergadura podría suponer a nuestra tierra. Cuando observé temeroso la cantidad impresionante de navíos que habían llegado al puerto de La Isleta, al norte de la ciudad, no pude sino rezar a Dios por que protegiera a los nuestros de la muerte y la miseria. Los Países Bajos pertenecían al glorioso imperio español, pero desde el año 1568 habían decidido tomar las armas contra nuestro rey Felipe II y luchar para conseguir la independencia. La guerra de Flandes, con la que se conoce este hecho histórico, supuso un gran revés y Canarias como territorio de ultramar español no se vio libre de la furia holandesa. Desde la conquista de América, el archipiélago se había convertido en un punto clave al que los barcos llegados desde la España continental acudían para cargarse de víveres, antes de aventurarse a surcar de lado a lado el extenso Océano Atlántico. Por ello, los Países Bajos pusieron su foco en nuestras hermosas islas africanas y decidieron tomar las armas para adueñarse de tan importante punto de unión entre Europa y América.
Los holandeses fondearon a las afueras de la ciudad desde donde debían de sortear dos poderosas fortificaciones, el Castillo de la Luz y las murallas que protegían la propia urbe. Al principio, atacaron con gran presencia de la artillería el Castillo de la Luz y mientras luchaban por derrotar a los que allí se defendían, un pequeño grupo logró hacerse paso por las murallas y sembrar las semillas del terror. El Gobernador Alonso de Alvarado se encontraba en ese instante combatiendo al invasor dentro de las murallas, viéndose obligado a retroceder hasta el Barranco del Guiniguada mientras éramos perseguido:
—¡De Torres! —llamó al capitán. El barranco estaba más frondoso y escarpado a cada paso y algunos de nuestros hombres se dedicaron a cortar ramas a machetazos al frente del grupo, para que pudiéramos pasar los demás —Necesito que te quedes aquí. Sube por el margen izquierdo y, cuando nos sigan esos hideputas, emboscadlos.
De Torres, que se encontraba tan afectado por la entrada de los holandeses a la ciudad como el que más, acató las órdenes sin titubear. El capitán era un amante empedernido de nuestras islas, las cuales ocupaban un gran espacio en su corazón. De haberle ordenado que se enfrentara él solo con espada en mano a todo el ejército invasor, no habría dudado ni un ápice. Por ese motivo, a su alrededor contaba con un gran número de seguidores que estaban dispuestos a acompañarlo hasta la muerte por la defensa de su tierra. El alférez Bethencourt, un agricultor de trigo que se había enlistado en los Tercios desde el primer día de la llegada de los holandeses, se acercó al capitán temeroso:
—¿Si fallamos moriremos, verdad? —recuerdo que le dijo.
Pedro de Torres lo miró furioso, como si hubiese cometido el mayor de los pecados capitales. Desenvainó su espada, colocándola bajo el mentón del alférez y, dejando por todo el barranco el sonido del metal al salir del cinto, repuso:
—Si no lo intentas, te mataré yo mismo. —lo amedrentó, logrando que se recompusiera. A continuación, se dirigió al resto de nosotros con emoción, y vociferó —¡Subid! ¡Por las Españas!
En total, quinientos hombres ascendimos por el flanco izquierdo hasta parapetarnos tras unas grandes piedras. Yo, que por aquellos años contaba con escasa experiencia, estaba muerto de miedo y convencido al mismo tiempo de que las decisiones del capitán nos llevarían a la victoria. El silencio cuando Alonso de Alvarado y el resto de nuestros hombres desaparecieron, sin embargo, fue insufrible. En mi interior, pensé que el mismísimo demonio había matado a los animales y cortado las ramas, que hasta entonces se movían por el viento, para que el pánico se apoderara de nosotros. Recé tantas veces como pude, evitando mirar al frente por si hallaba al enemigo, atrayendo sin quererlo la atención del capitán:
—Alférez Dieppa, deje de pedirle a Dios y saque el arcabuz —sin temblarle el pulso, encendió la mecha del arma, y la determinación de mi capitán me hizo estar más sereno.
Al tiempo, el cual me pareció eterno, los holandeses aparecieron ante nuestros ojos. Al frente de su ejército, un hombre portaba la bandera de los Países Bajos —naranja, blanca y azul —, y el capitán escupió con desdén al verla. Bethencourt, que se encontraba a mi lado, se orinó sobre las calzas y, con una palmada, traté de animarlo.
Justo cuando pasaron frente a nuestras narices, no sé si por el olor del orín de Bethencourt o la rabia inaguantable de mi capitán, De Torres dio la señal que estábamos esperando. Elevando poco a poco el tono hasta acabar en un grito que de haber sido lanzado hacia el cielo hubiera llegado a Cristo nuestro señor, comenzó diciendo:
—¡Soldados de España! Hoy servís a Dios, al Rey y a la honra de vuestros nombres. ¡Mostrad que sois hijos de los Tercios! ¡Por Santiago, por el Rey y por Cristo!” —y todos nos lanzamos sobre aquellos herejes, dispuestos a recuperar nuestra isla.

¡Hola! Muchas gracias por participar en el Concurso de Relatos 50 ed. en El Tintero de Oro. ¡Suerte!
ResponderEliminarMe ha encantado! Es nuestra historia que muy pocos conocen, digna de ser contada y que destaca la gallardía de los canarios! Nosotros somos y hacemos historia!
ResponderEliminarQué buen relato, Ulises. Una escena histórica muy bien ambientada que cuenta el momento previo a la batalla y transmite el miedo y el nerviosismo de los soldados, el orgullo también, frente a lo que está a punto de ocurrir. Estupendo todo.
ResponderEliminarQue gran relato, me he sentido trasportado al siglo XVIII.
ResponderEliminarHola Ulises. Una escena épica de batalla en la que todo pasa deprisa y los hechos se suceden sin tregua, para la que veo que te has documentado muy bien, cargada de fuerza y en la que casi podemos sentir el miedo de soldados de los Tercios previo al enfrentamiento con los Holandeses. Uno se imagina a los Tercios combatiendo en las tierras de Flandes o en la Europa Central, pero lo cierto es que el imperio era tan vasto que hasta en Canarias se libraron batallas. Por lo que he podido leer el personaje histórico es el gobernador Alvarado, que murió en la batalla, y entiendo que el resto de personajes son inventados. La narrativa y el lenguaje muy adaptados a la época. Te felicito. Un abrazo.
ResponderEliminarHola, Ulises. Te agradezco que narres una historia que pone el foco en las personas que han defendido con valentía su codiciado territorio. Felicidades. Un saludo.
ResponderEliminarHola, Ulises. Nos transportas y nos metes dentro de esa épica. He sentido que estaba allí. Me ha encantado. Un abrazo
ResponderEliminarHola Ulises, un relato extraordinario. Que nos hace vivir una de las batallas que se produjeron en las Canarias. Como ya han dicho otros compañeros, estamos más acostumbrados a leer las batallas en Flandes. Pero como en ese reino de Felipe II no se ponía el sol, aunque da mucho por descubrir y escribir. Enhorabuena hay mucha suerte.Un abrazo.
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