Ensayo sobre la vida
El cuarto estaba vacío. No había ni muebles, ni ventanas, ni
puerta…, todo había desaparecido. Lo que un día fueron grandes paredes,
construidas por las manos de la experiencia y la paciencia, curtidas por las
torpezas y las desilusiones, habían dejado de ser. Su color verde esperanza se
había convertido en triste negro, perdiendo la esencia, el impacto que creaba a
simple vista aquel particular pigmento. Ahora ya nadie lo podía ver, entre
otras cuestiones porque la elegante y clásica lámpara de araña que un día
colgó del techo se había evaporado, impidiendo observar lo que la oscuridad
estaba consiguiendo matar, y la noche, a través de la ventana, trataba de dar
descanso.
Los arquitectos habían perecido, y los dedos que un día
crearon ahora se limitaban a dejar en el olvido. Ya no quedaban esperanzas,
hasta que un buen día, de un lejano lugar, unas nuevas manos se presentaron
para regenerar lo huido. Poco a poco todo volvía a cobrar sentido. Con
perseverancia las ventanas volvieron a colocarse en su sitio, la puerta se
situó donde antaño había existido y las paredes recuperaron aquel color tan
característico.
El pasado lloraba el tiempo perdido, y el presente junto al
futuro reían vislumbrando lo conseguido. Bien si antes las baldosas eran
acariciadas por los átomos de soledad, que hasta ese entonces no habían
conocido, ahora no dejaban de entrar nuevos zapatos dejando huellas de orgullo
y felicidad.
El cuarto preveía su camino, pero nunca dejará de pensar en
lo que había vivido. Porque entonces todo dejaría de tener sentido.
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