Antes de la batalla...
La batalla se presentaba llena de claroscuros que daban miedo. Nunca había estado tan asustado durante tanto tiempo. La guerra se hacía de rogar, presente y silenciosa, aguardando el momento idóneo para el sonar de las trompetas. Miré a mis compañeros de lucha, y no observé sino dolor y odio hacia un rival que nada tenía que ver con nuestras pesadillas. Pues nuestros verdaderos contrincante eran aquellos que desfilaban bajo la misma bandera que debíamos defender y que, durante gran parte de nuestras vidas, pensamos incorruptibles. Llevaban grandes atuendos y caballos, los cuales paseaban frente a nuestras casas para hacernos creer, únicamente, partícipes de una guerra que habían ocasionado ellos. Y, para su cruel ventaja, hablaban nuestro idioma para engatusar a los más ignorantes.
En medio de mis pensamientos, las trompetas comenzaron a sonar. Los nervios afloraron con más violencia y, como si no hubiera un mañana (que, ciertamente, muchos de nosotros no tendríamos), empezamos a correr con nuestras espadas en mano colina a abajo. Eramos como cucarachas que habían encontrado algo que llevarse a la boca. Los gritos de algunos serían, probablemente, los último sonido en salir a través de sus cuerdas vocales. El olor a sudor inundaba el ambiente. La muerte nos miraba cara a cara y, sin poder hacer nada por espantarla, gritábamos en busca de espantarnos a nosotros mismos y evitar que nuestras mentes pensaran. No había tiempo para la familia ni los amigos.
Al otro lado de la llanura hacia la que nos dirijíamos, había un ejército aguardándonos. Parecían esperar nuestra llegada con las manos abiertas, dispuestos a matar y a ser matados. Sin embargo, conocíamos tan bien sus sentimientos como ellos los nuestros, y eso era lo que nos hacía creer más fuertes. Ninguno era el guerrero que aparentaba ser. Todos éramos padres luchando contra hijos, abuelos combatiendo frente a abuelos, familias viéndose obligadas a poner a prueba la ley del más fuerte. Esa era la única verdad. Con sus escudos en alto nuestros arqueros empezaron a disparar. Las flechas rozaron el aire con elegancia, describiendo una curva perfecta sobre nuestras cabezas y dirigiéndose con orgullo hacia el ejército rival. Y cuando aquellas puntas afiladas atravesaron los primeros cuerpos, nuestros ropajes comenzaron a ser rotos segundos más tarde.
Mis ojos se vieron frente al enemigo nada más escuchar el sonido de los disparos. Y la última imagen que recuerdo es la de la espada buscando mi pecho...
Tiempo después, mis recuerdos se detienen en aquel horroroso momento.


Todas las guerras son injustas, digan los que digan quienes las provocan. Los verdaderos responsables suelen quedarse en la retaguardia, dejando que la muerte se apodere de los soldados que siguen las órdenes sin replicar.
ResponderEliminarUn relato que muestra la angustia y la incomprensión de quienes tienen que empuñar un arma para defender una causa que no es la suya.
Un abrazo.