Sara Calloway murió el cinco de enero de mil novecientos ochenta y siete, entre remordimientos y penas. Tenía ochenta y cuatro años cuando abrió por última vez los ojos de aquel cuerpo repleto de arrugas, ojeras y marcas de una vida cargada de dificultades. El día de su fallecimiento, sus cuatro hijos lloraron desconsolados su muerte frente a la cama del hospital, pensando más en los momentos que no tuvieron junto a su madre que en los pocos recuerdos felices que disfrutaron a su lado. «Que dura ha sido la vida», repetía Margarita, la cuarta de ellos, apesadumbrada. Estaba empapada en sudor y las lágrimas no se distinguían de los goterones que emanaban de su frente. Aquellas palabras cargaban mucho dolor, pero también desesperación y rabia. En un último intento, trataba de hacérselas llegar a su madre, rindiéndose ante el reloj, el cual mantuvo su orgullo tan alto que le impidió sincerarse alguna vez sobre la crudeza de su vida. Cuando minutos más tarde se llevaron a su madre y sus hermanos se habían marchado, permaneció sola en aquella fría habitación durante un tiempo. Había una cama rodeada de máquinas y una ventana que mostraba la oscuridad de la madrugada, a través de la cual se colaba un aire gélido. Se acercó a la ventana, tratando de que aquella brisa le despejara la mente, y miró a la luna. Estaba llena y lucía un blanco que, poco a poco, se tornó rojizo. «Qué raro», pensó. Y antes de que pudiera encontrarle un sentido, escuchó desde la otra punta de la habitación:
—Yo tampoco me lo creo…
Un escalofrío le recorrió el cuerpo, y se dio la vuelta sobre sí misma al instante.
—Por aquí no está tan muerta la vida, hija —su madre la estaba mirando fijamente, con una mirada tan humana que, por unos segundos, creyó que podría haber resucitado.
—¿¡Mamá!? —pronunció perpleja.
Sara caminó hacia Margarita y se colocó frente a ella.
—Hay cosas más allá de la muerte, Margarita —dijo con total tranquilidad. Su voz sonaba como cuando ella era adolescente y Sara le trataba de dar lecciones de vida. Se la veía muy joven ahora que estaba tan cerca. La ropa que llevaba era la que el hospital le había puesto a su llegada a planta, pero estaba recubierta con una especie de manto blanco que la cubría entera y, sin saber por qué, le transmitía mucha paz —. La vida no ha sido fácil, hija. Te he escuchado todo este tiempo. No sabes cuánto lo siento…
—Yo… —Margarita trataba de hablar, pero no conseguía articular palabra.
—Nunca cuidé de vosotros como os merecíais. Traté de trabajar todo cuanto podía para daros una buena vida, y creo que no os ha ido nada mal, ¿verdad? —sus ojos mostraban una mezcla de radiante felicidad y una profunda pena —. Pero eso no justifica nada, claro… No quiero que suene a justificación.
—¿Cómo estás así? —logró decir Margarita.
—Sinceramente, no lo sé —respondió, mostrando una sonrisa empática —. Lo que sí sé es que ahora tendremos tiempo para estar juntas y hacer todo lo que no hicimos. Estamos tardando en marcharnos.
Guiada por una especie de energía externa, pues a Margarita hacía tiempo que la suya se le había acabado, salió del hospital con su madre al lado. Nadie parecía verla, y aquella idea la confundió y alegró al mismo tiempo. Iba a tenerla sólo para ella. Durante los siguientes tres meses, no pararon de hacer planes. Iban a las playas y a los parque a primera hora para que Margarita no pareciera estar hablando sola a ojos de los demás. Por primera vez en mucho tiempo, era feliz. Sara le daba consejos que nunca le había dado. Le habló de partes de su vida que desconocía, y pudo llegar a comprender a su madre como no lo había hecho antes. Su día a día tenía de banda sonora una música feliz, de esas en las que no pegan notas tristes. Hasta que suena la primera…
Una mañana, habían quedado las dos para ir con el coche a una de las playas preferidas de Sara. Durante su juventud, le había revelado a su hija, solía ir mucho con su difunto padre y estar en la arena hablando hasta que se pusiera el sol. Pero Sara se había marchado. Ya no estaba. No amaneció viendo a su madre dormir en la cama de invitados ni tampoco viendo alguna serie en la televisión. Su pena fue peor que cuando había estado meses atrás en el hospital. Se desquició por completo. Desesperada, al atardecer llamó a un espiritista: el padre Cienfuegos. Cuando oyó la historia de Margarita, salió corriendo de la iglesia y con su vieja tartana llegó en media hora a los pies de la puerta de su casa.
—¡Tienes que traerla de nuevo, padre! —lloraba Margarita.
Este le había advertido de los peligros que podría tener. Aunque sabía que dijera lo que dijera, la convicción de Margarita iba a ser la misma. Colocó su biblia en la mesa del salón y comenzó a pronunciar un llamamiento. Las ventanas se movieron, las luces parpadearon y la oscuridad de la noche llegó antes de lo previsto. Desde fuera, la casa parecía endemoniada. Con las últimas palabras, Sara apareció en la esquina del salón. Sus ojos estaban completamente negros y su velo sucio. El padre Cienfuegos y Margarita la miraron aterrorizados:
—No deberíais haberlo hecho… —murmuró
Las ventanas y las puertas se cerraron de golpe, y la «casa encantada de Margarita» se sumió en una misteriosa y escalofriante tristeza que sólo había podido ocasionar una gran mentira. Una mentira del más allá...
Hola Ulises, muy bueno, desde el inicio que te mantiene expectante hasta el final, muy bien narrado.
ResponderEliminarMuchas gracias por participar en el reto.
Un abrazo. :)
Me ha gustado mucho la historia, el final no lo imaginaba, realmente me ha sorprendido. Cuando un ser querido se marcha de este plano mejor dejarlo partir en paz y no ser egoistas de querer retenerlo, saludos.
ResponderEliminarPATRICIA F.
Creo que lo mejor es no hacer rituales con los fantasmas de la familia, ese tipo de eventos solo conllevan a mas sufrimiento.
ResponderEliminarUn inquietante giro argumental.
ResponderEliminarLa trangresión de ciertas reglas causó algo terrorífico.
Bien contado.
¡Qué final! A los seres queridos que se van, mejor dejarles marchar, que sigan su camino. Hubieran tenido que aprovechar la vida, después ya es tarde. Muy bueno.
ResponderEliminarHola Ulises que cierto que hay barreras y reglas que mejor no superar. De la felicidad al miedo. Bien escrito. Un abrazo.
ResponderEliminarParece ser que el espíritu de la madre le regaló unos meses extras juntas, pero la hija no se conformó con ello y quiso tenerla por más tiempo. Su egoismo no la dejó ver que los espíritus necesitan su merecido descanso! Un abrazote!
ResponderEliminarTremendo ese final. Un gran relato, Ulises. Me ha encantado.
ResponderEliminar¡Que putada morirse rl 5 de enero! Es lo primero que he pensado tras la primera línea. Sobretodo para los nietos.
ResponderEliminarNo he captado la intención de situarla en el futuro, pero no podemos aspirar a entenderlo todo.
Por ejemplo, las leyes no escritas de lo paranormal. Leyes que los paganos negacionistas no conocemos o no comprendemos. El segundo caso es peor, si algo no se co.prende, mejor no tocar.
El relato rezuma seriedad y respeto por lo desconocido, y el final cambia de registro al terror.
Muy bueno todo él.
Abrazooo y suerte
Me ha gustado mucho, sobre todo el final. Para mí, en un relato los finales deben ser lo mejor y el tuyo lo es.
ResponderEliminarSAludos.
Una historia muy bien contada con ese inesperado final que sorprende . Es mejor no molestar a los espíritus de la familia , mejor dejarlos en paz
ResponderEliminarUn abrazo Ulises
Puri
Excelente historia. Te deseo mucha suerte.
ResponderEliminarDesde aquí nuestro egoísmo siempre nos lleva a querer que los nuestros se mantengan a nuestro lado siempre, pero romper esas normas: las de la propia muerte trae sus consecuencias y peligros.
ResponderEliminar¡Mucha suerte en el reto!
Un abrazo.
El relato me parece bien contado, el estilo es notable y la lectura fluida. Yo tampoco veo la necesidad de ubicarlo en el futuro, pero igual se me ha escapado algo y, en todo caso, eso forma parte de la libertad creativa.
ResponderEliminarUn abrazo.
Inquietante relato que me ha atrapado de principio a fin. Una muy buena aportación para el tintero. ¡Felicidades!
ResponderEliminarUn abrazo.
Hola, Ulises. Me ha gustado tu relato. Al principio parece que todo será felicidad para Margarita y en un giro final muy acertado todo se desmorona. Suerte en el concurso. Un abrazo.
ResponderEliminarHola Ulises, buen relato, empieza con mucha ternura pero al final nos deja claro que hay que dejar descansar a los que se van. Muy bueno el giro final. Un abrazo!
ResponderEliminarHola, Ulises, espeluznante, esa es la palabra con la que me quedo una vez terminado, he sentido miedo, y eso es complicado en la literatura. Muy bueno.
ResponderEliminarUn abrazo
Hola, Ulises. Vaya final! Uno no se lo espera. Me gustó mucho tu relato y la forma en que está contado. Un abrazo
ResponderEliminarHola, Ulises. En vez de amigo invisible era la madre invisible que al ser invocada hizo valer el sacrificio que eso conllevaba. Saludos y suerte.
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