Eusebia e Indalecio #1
El puerto de Alcar estaba tan repleto de trabajo como de costumbre. Sus grandes grúas se veían desde la costa rodeadas por contenedores de diferentes colores, en los que se habían transportado millones de productos a través del océano. A las tres de la tarde, después del descanso para comer, todos los barcos que habían estado esperando durante media hora, volvían a tener noticias de los controladores del puerto. Indalecio, un joven capitán de la marina mercante, aguardaba con impaciencia la descarga del material militar que llevaba oculto en la cubierta. Según le había explicado un sargento en una llamada, las armas y la munición serían recogidas por el teniente Martinez, sin necesidad de tener que pasar por Aduanas.
- Capitán - dijo Ramiro detrás de él. Su segundo al mando había desaparecido durante veinte minutos, y había vuelto al puente de mando en cuanto vio que se recuperaba la actividad portuaria -, los hombres preguntan si podrán tomarse un descanso en la ciudad de Alcar. Ha corrido la voz de que hoy van a tardar lo suyo en reparar el barco en el astillero.
Indalecio se lo pensó con detenimiento.
Conocía a su tripulación sin excepciones. Le gustaba charlar con ellos de vez en cuando y se había ganado el respeto de sus trabajadores. Sabía sus nombres, el de sus madres y el de los amoríos que iban dejando en cada puerto en el que atracaban. Por esa razón, evitaba que se entretuvieran demasiado, donde no los podía controlar. En más de una ocasión, habían pisado la cubierta con más problemas de los que habían tenido cuando salieron, y, a veces, incluso, había tenido que dejar a algún resacoso en ciudades perdidas de la mano de dios. Normalmente, no llegaba a esos extremos, pero todos sabían que no podía retrasarse en sus horarios de salida.
-Tienen un día -añadió al fin -Quiero verlos a todos aquí a las tres de la tarde, mañana. Ni una hora ni un minuto más tarde.
En ese instante, sonó el teléfono.
-Estamos listos -se oyó al otro lado de la línea
Dos minutos más tarde, una treintena de militares descargaba toda la carga de la que lo habían responsabilizado a lo largo de ocho mil kilómetros. Entonces, y solo en parte, pudo desconectar de su trabajo...
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