Mi luna
En ese momento, con una ligera brisa fría rozando mi piel, creí entender muchas cosas. Seguí mirando aquel círculo perfecto que se dibujaba en el cielo, y me dije a mi mismo que, en el fondo, todos éramos egoístas. Comprendí que no podíamos pretender que las cosas permanecieran para siempre con nosotros, simplemente porque nos gustasen o las quisiéramos con locura. El recuerdo nos hacía fuertes. La luna se marcha todos los días a la misma hora, y es en ese instante cuando debemos comprender que la vida sigue, sin esperar regresos instantáneos ni mañanas fugaces. Todos sabemos que brillará en otros lugares, con otras personas y que no perderá su esencia. Y, mientras eso siga así, tenemos que ser felices. Pues sólo de esa manera viviremos en paz.
Mi luna no tardó en irse, tan luminosa como cuando llegó. Era perfecta. De hecho, nunca antes había visto lunas que me resultaran tan hermosas. Se perdió en el horizonte, más rápido de lo que me hubiera gustado. Se fue sin dar explicaciones. Simplemente, la luna ya no estaba. Y cuando en el horizonte no hubo nada, permaneciendo solo el recuerdo, sonreí por la oportunidad que me había dado la vida de ver a mi luna tan feliz. No tenía la seguridad de volverla a ver, al menos no de la misma manera, pero si algo me iba a permitir continuar era su preciosa imagen en mi cabeza. Hasta el día de mi muerte, aquella cara me seguiría recordando lo fugazmente maravilloso que es vivir.
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