La Repoblación 1

   Cuando las campanas de la iglesia resonaron anunciando las doce del mediodía, Nicolás cogió su maletín del salón y se dirigió al ayuntamiento. Tenía previsto quedarse en su despacho hasta altas horas de la noche, tramitando papeles oficiales y continuando con su agotadora campaña de llamamiento. El pueblo necesitaba habitantes. Desde hacía más de diez años, el índice de natalidad había decrecido de forma abismal. La gente joven se marchaba a la ciudad y, mientras tanto, aquellos que optaban por quedarse se volvían más y más mayores. La situación era preocupante. A veces, abatido ante los datos, pensaba en dejar el cargo. Se decía que seguramente llegaría otro que lo haría mucho mejor que él, haciendo recuperar al pueblo la gente que se merecía. Pero sus ganas por encabezar el éxito lo habían mantenido allí sentado.

De pronto, en medio de las montañas de papeles de la mesa, el teléfono sonó, interrumpiendo el silencio que, desde hacía horas, no había encontrado final.

— ¿Diga? - preguntó

— ¿Es usted el alcalde, Nicolas Baker? —respondió un hombre, al otro lado del teléfono. A juzgar por su voz ronca, se podría deducir que, o bien era un fumador empedernido o sus cuerdas vocales estaban en un estado lamentable por cualquier enfermedad. Aunque, de lo que sí estaba seguro era de que no había escuchado esa voz antes.

— Si, señor. ¿Quién llama?

— Mi nombre es Flavio Conte Messina. Dirijo una constructora italiana, y estaríamos interesados en mantener una conversación con usted.

Aquellas palabras le levantaron el ánimo al instante. Una constructora no podía atraer más que a familias e inversores dispuestos a repoblar el lugar.  Desde hacía años, nadie le había llamado al teléfono para darle una noticia tan buena. Las únicas personas a las que solía atender normalmente eran el médico, para alertarle de algún brote de gripe, y el farmacéutico, quién constantemente pedía una carretera en mejores condiciones para transportar los medicamentos. 

— Desde luego, lo podríamos concertar para esta semana misma, si así lo desea. Pero, si me permite la pregunta: ¿Qué es exactamente lo que pretenden construir? 

— Queremos hacer de su agotado pueblo un lugar lleno de vida, Baker. Ya sabe, lo típico, unas cuantas casas por aquí, unas cuantas casas por allá, algún parque, una central eléctrica...

— ¿Disculpe? — dijo asombrado — ¿Una central eléctrica?

— Sí, así es. Pero, si le parece ya lo hablaremos el viernes más tranquilamente.

— De acuerdo, pero...

En ese momento, la línea se cortó. Se escuchó un pitido estridente, y colgó el teléfono perplejo. Nunca había tenido una llamada tan extraña. ¿De verdad iba ese Conte Messina a proponerle instalar una central eléctrica en su pueblo? ¿Y qué le diría él? Bien era cierto que necesitaban más gente, pero no precisamente una enorme y fea central eléctrica. La electricidad les llegaba muy bien, y se consideraban bastante afortunados de poder disfrutar de aquellas vistas a las montañas y los campos. ¿Podía decidir destruir eso en un día? Sería una locura. No, desde luego que no. Él no podía. Le había sonado muy bien la propuesta de construir casas y parques, pero no aceptaría una central.

En cualquier caso, se dijo, lo hablaría en la cafetería con Marcial a la hora de cenar. Él sabría qué hacer.






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