El Apagón. Arturo Márquez y la Máquina del Tiempo #1
La caótica mañana había llegado, ansiadamente, a su final. Las calles comenzaron a oscurecerse, cuando se empezaron a ver resquicios de luz procedentes de las viejas farolas que, en su rutinario intento por preservar la lucidez, se veían abocadas a ceder el trono al crepúsculo.
Junto a la entrada del edificio, Arturo Márquez aguardaba que el doctor Aureliano le abriera la puerta. Desde hacía dos meses, cuando el reputado científico le había llamado en busca de su ayuda, se habían estado viendo cada semana, en las distintas casas que poseía por la ciudad. En un descuido por parte del propio Aureliano, la noticia del trabajo de la Máquina del Tiempo había conseguido atravesar las paredes de sus apartamentos, llegando a oídos del profesor Cipriano Ferosa.
La puerta por fin se abrió.
Subió las escaleras tratando de hacer el menor ruido posible, y llamó al apartamento con la misma índole, observando a su alrededor que no hubiera nadie mirándolo. De vez en cuando, debía continuar su ascenso por los edificios en los que se reunía con el doctor, tratando de ahuyentar alguna mirada curiosa que, como ya se había encargado Aureliano de comentar, podría llegar a ser extremadamente peligrosa. Treinta segundo después, el profesor salió a recibirlo.
—Estaba empezando a pensar que no me iba a dejar pasar, doctor —dijo, cerrando cuidadosamente la puerta.
—Discúlpeme, pero ya sabe usted que la ciencia no entiende de pausas, aún menos cuando uno se encuentra inspirado -añadió, mientras se quitaba las legañas de los ojos. -¿Qué tiene para mí hoy?
-Unas cuantas cuestiones que quizá le interesen. La verdad es que no me esperaba que la propia Administración estuviera tras sus movimientos -sentenció, mientras de servía un vaso de agua del grifo de la cocina.
-¿El gobierno? -preguntó colérico
-El mismo. Y para su información, hay dos agentes en un biplaza negro justo aquí abajo -dijo, señalando las dos ventanas que daban a la calle, y que se encontraban abrigadas por unas largas cortinas cuadriculadas que casi rozaban el suelo.
La cara de Aureliano se volvió roja de ira.
-¿Y cómo es que se atreve a venir aquí?
-Si usted los viera... -añadió -Ambos están babeando en los asientos
-¿Dormidos?
-Totalmente
-Vaya profesionalidad... En ese caso no creo que deba preocuparme.
Márquez asintió. No era la primera vez que se topaba con aquella clase de fracasos por parte de los agentes del estado. Hacía unos meses atrás, en plena acción cerca de la frontera, había conseguido escapar de las garras de dos agentes que, en busca de su pistola reglamentaria, habían bajado afortunadamente la guardia. Segundos más tarde ya se estaba dando a la fuga.
Aureliano le enseñó todas sus anotaciones con respecto a la máquina, a las que Arturo miraba como si en otra lengua estuvieran escritas. Lo único que realmente fue capaz de entender eran los dibujos que ilustraban el progreso del proyecto y que, por mera intuición, entendió que estaba casi terminado.
-¿Y ahora qué? -preguntó
-Ahora... -sin poder acabar la frase, un estruendo hizo retumbar todo el edificio
El piso se quedó a oscuras...
-¿Y ahora qué? -preguntó
-Ahora... -sin poder acabar la frase, un estruendo hizo retumbar todo el edificio
El piso se quedó a oscuras...
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