Travesía a la Antártida [Día 2º]

   A las dos de la mañana, según la alarma del capitán Martinez, un estruendo sacudió la base por completo. La nieve que había acumulada en los tejados se desprendió violentamente, dejando ver a través de la ventana como los pequeños copos se unían al suelo blanquecino. Tras unos segundos de pleno silencio, los murmullos inundaron el complejo en su totalidad.

 —Capitán —lo llamó el primer oficial alarmado. ¿Ha sentido eso?

El capitán se levantó de un salto de la cama. Claro que lo había escuchado, y estaba seguro de que lo que fuese que había causado esa agitación no traería más que problemas.

 —Desde luego —añadió perplejo. Creo que deberíamos salir a ver qué ocurre

   Tanto el primer oficial como Martínez, que dormían en la misma estancia, exclusiva para altos cargos de las tripulaciones, cogieron sus abrigos y se calzaron las botas. La pequeña habitación contaba con una litera; un armario, donde los dos hombres había dejado ordenadamente la ropa el día anterior; y una pequeña mesa, sobre la que reposaba un viejo archivador. Desde dentro se podían escuchar los gritos que ahora se concentraron en el pasillo.

 —¿Qué esta pasando aquí, Sanchez? —preguntó al ver la cara de un joven científico, con el que ya había hablado en otra ocasión

—Ojala lo supiéramos, capitán  —contestó. Quizás si el señor que duerme tras esta puerta nos abriera, podríamos estar más tranquilos.

   Barrió con la mirada a la multitud congregada frente a él. Su presencia había hecho que el ruido hubiese disminuido progresivamente. Todos lo miraban a la espera.

 —Usted dirá —dijo un hombre confirmándole lo que ya se temía. Era la máxima autoridad por el momento.

El oficial lo miró expectante.

  —Esta bien —añadió. Id todos a la sala de encuentro. Allí habrá más espacio.

   Minutos más tarde, la sala principal volvía a estar como a las seis de la tarde anterior. Hasta los topes. La única diferencia era que en ese momento, todos tenían ojeras y tiritaban a causa del frío. Ni la calefacción de la base podía hacer frente a la propia naturaleza, a la que en ese lugar se le antojaba un ambiente gélido y altamente húmedo.

   Por suerte, antes de que pudiera decir nada, vio a lo lejos al oficial de la base. Creía recordar que se llamaba Carmelo, pero no lo sabía con seguridad. Había hablado con él apenas en tres ocasiones, desde que llegó a la Antártida por primera vez cuatro años atrás. El hombre era prácticamente nuevo como responsable de la base. Tenía poco más de treinta años y ni siquiera contaba con experiencia en muchos otros lugares. Sin embargo, parecía hacer muy bien su trabajo. Con un saludo militar, se dirigió desde la puerta de la entrada  y se acercó hasta él.

 —Dejen pasar allí al fondo —gritó señalando al oficial que, a empujones, se iba haciendo un hueco entre la muchedumbre

   Un estrecho pasillo surgió entre la multitud.

 —Escuchad —dijo dirigiéndose a la multitud. Después de haberlo comprobado, he de anunciar que el doctor Zalazaba no se encontraba en su habitación en el momento en el que se sintió el temblor...

   Un murmullo multitudinario surgió de la nada.

  —Pero —añadió, tratando de salvar su imagen. Tanto el capitán Martínez como yo, creemos que se puede haber tratado de un simple fallo en el sistema.

   Una voz se elevó sobre el resto.

 —¿Y eso qué supone?

 —Supone...

Otro estruendo sacudió la base haciendo tambalear a los investigadores y la pequeña tripulación del Hespérides. Algunos se cayeron al suelo, incapaces de mantener el equilibrio, mientras otros se apoyaban en el que tenían al lado, tratando de no aplastar a aquellos que estaban junto a sus pies.

Debían de desalojar la base cuanto antes.


                                                                                                     Hespérides





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